Esta noche escribiré sobre Strings, una película danesa de fantasía llevada a cabo con marionetas, dirigida por Anders Rønnow Klarlund en 2004.
Su argumento lo hemos visto mil veces, una historia de venganza y traición especialmente similar a Hamlet, que se entremezcla con la no menos manida dinámica tipo Pocahontas (en las que por desconocimiento en principio se es hostil con un pueblo nativo y que sólo a través de la mezcla con la cultura nativa se podrá alcanzar la paz y la armonía). Son historias que han funcionado siempre en el cine, pero que llegados a estas alturas impiden a la película a llegar a lo sobresaliente, teniendo un desarrollo de la trama totalmente predecible. Tiene un gran aporte en cuanto a originalidad, sin embargo. Y no es más que la propia autoconsciencia en la historia del ser de las marionetas, que se incorpora de manera brillante. Por ejemplo, en la muerte de las marionetas cuando se les corta la cuerda de la cabeza, o en el tipo de construcciones en las que viven, en sus propias limitaciones de movimiento o en la introducción del mercadeo y trasplante forzoso de órganos (lo cual da un perfil aún más oscuro a la esclavitud). El gran mérito de la película es no pretender que las marionetas son seres humanos. Son figuras de madera movidas por cuerdas, y eso es parte integral de la mitología de este mundo mágico. El trabajo de los actores de voz en la versión inglesa es excelente (es muy notable el del conocido actor escocés James McAvoy como Hal) y ayuda mucho a obviar la inexpresividad (el único gesto facial es el abrir y cerrar los ojos) por defecto con la que cuentan estas marionetas. Junto con el juego de movimientos del titiritero, la música y la excelente iluminación, las voces contribuyen a dar sentimiento a los diálogos entre las rígidas marionetas. No soy para nada un experto del tema, pero el titiritero demuestra una habilidad excepcional para dar vida a las marionetas.